Inmigrantes en Calabria: esclavizados por la mafia, repudiados por el gobierno

Ire­ne Savio Proceso.com.mx ROSARNO – En un rin­cón del cam­pa­men­to de San Fer­di­nan­do, en Cala­bria, extre­mo sur de la penín­su­la ita­lia­na, el inmi­gran­te Ibra­him, el úni­co que acce­de a hablar, coci­na en una olla unos dimi­nu­tos boque­ro­nes. La comi­da que pre­pa­ra en una par­ril­la de gas impre­gna de un olor dul­zón el aire calien­te de la impro­vi­sa­da cho­za en la que el hom­bre está sen­ta­do sobre un dete­rio­ra­do col­chón. Es sába­do, pero para él no es un día libre. Como los miles de jor­na­le­ros afri­ca­nos que tra­ba­jan en los cam­pos en todo el sur de Ita­lia, mal vistos por el nue­vo gobier­no ita­lia­no, tam­bién hoy hará lo que sea con tal de hal­lar empleo.

Ibra­him es sene­ga­lés y tie­ne un per­mi­so tem­po­ral de resi­den­cia. Tuvo la “bue­na suer­te” de esca­par del infier­no de Libia, de no morir –como diez de sus com­pañe­ros– al cru­zar el Medi­ter­rá­neo, y aho­ra tra­ba­ja en la cose­cha de cítri­cos, que ter­mi­na­rá en mar­zo. Pero no le pagan por hora sino por tarea rea­li­za­da: un euro por una caja de man­da­ri­nas, 50 cen­ta­vos por una de nara­n­jas. Así gana unos 25 euros al día, cer­ca de la mitad de lo esta­ble­ci­do por ley labo­ral local, en una jor­na­da de diez o 12 horas que se desar­rol­la, casi siem­pre, sin descan­sos y a la intem­pe­rie. – Quí­ta­le tam­bién los tres euros que hay que dar­le al “jefe negro” – comen­ta. Él es uno de los escla­vos de la cose­cha en el sur de Ita­lia. Inmi­gran­tes que no tie­nen con­tra­to de tra­ba­jo ni segu­ro médi­co, ni dere­cho a sub­si­dios y están a mer­ced de lo que digan los capa­ta­ces y los inter­me­dia­rios –algu­nos afri­ca­nos, otros loca­les– que con­si­guen esta mano de obra a pre­cio de escla­vi­tud, tam­bién con la ben­di­ción de la ‘Ndran­ghe­ta, la mafia cala­bre­sa.

Esos escla­vos vie­nen de Sene­gal, Gha­na, Nige­ria, Togo, Costa de Mar­fil, Gha­na, Con­go y otros paí­ses afri­ca­nos, y la mayo­ría lle­gó por mar desde Libia. Los eli­gen al ama­ne­cer, como si se tra­ta­ra de un mer­ca­do de gana­do, y quie­nes los reclu­tan tam­bién les piden pagar el piz­zo, una comi­sión que va de tres a cin­co euros y que los jor­na­le­ros restan de su paga. “Es la mejor expre­sión de un siste­ma fal­li­do. Por­que la agri­cul­tu­ra cala­bre­sa, pese la rique­za en sus recur­sos natu­ra­les, ha sido destro­za­da. Y ellos, los inmi­gran­tes tem­po­ra­le­ros, son las últi­mas víc­ti­mas de este siste­ma”, dice Sara Urba­no, respon­sa­ble de los proyec­tos de inmi­gra­ción de la Fun­da­ción Con il Sud, que hace tra­ba­jo de inclu­sión social en el sur de Ita­lia. “Aquí las cosas fun­cio­nan mal desde hace tiem­po. Antes, hasta los noven­ta, este tra­ba­jo lo hacían las muje­res y los ita­lia­nos más pobres”, aña­de. A esta situa­ción se suman aho­ra los actos de raci­smo con­tra los afri­ca­nos y las polí­ti­cas anti­in­mi­gra­ción del nue­vo gobier­no ita­lia­no, pro­mo­vi­das en par­ti­cu­lar por Mat­teo Sal­vi­ni, el mini­stro de Inte­rior y líder de la Liga, par­ti­do que siem­pre ha teni­do la agri­cul­tu­ra como uno de los temas pre­di­lec­tos de su agen­da.

“Los indo­cu­men­ta­dos debe­rán irse”, lle­gó a decir Sal­vi­ni en una de sus visi­tas a Rosar­no. En sus raí­ces, sin embar­go, el pro­ble­ma remi­te a las fal­las del siste­ma eco­nó­mi­co, dice Vin­cen­zo Vina­rel­lo, fun­da­dor de la coo­pe­ra­ti­va Goel, que inten­ta lle­var ade­lan­te una eco­no­mía susten­ta­ble y anti­ma­fia. “En el ori­gen está el hecho de que en las últi­mas déca­das el pre­cio paga­do a los pro­duc­to­res por los distri­bui­do­res ha baja­do estre­pi­to­sa­men­te, sobre todo por la fuer­te com­pe­ten­cia de pro­duc­tos pro­ve­nien­tes de fue­ra. Eso hun­dió al cam­po ita­lia­no, en par­ti­cu­lar en el sur”, ase­gu­ra Vina­rel­lo. De esta mane­ra muchos pro­duc­to­res –entre ellos los pequeños ter­ra­te­nien­tes doble­ga­dos por la masi­va impor­ta­ción a pre­cios bají­si­mos– han caí­do en las gar­ras de las ‘ndri­nas cala­bre­sas, las célu­las de mafio­sos loca­les que se han infil­tra­do en el nego­cio de la agri­cul­tu­ra jun­to con cri­mi­na­les afri­ca­nos. “Han arrui­na­do a la agri­cul­tu­ra”, aña­de Vinarello.Ésta es tam­bién la tesis que se ha mane­ja­do en los recien­tes infor­mes del Insti­tu­to Euri­spes, el Obser­va­to­rio sobre la Cri­mi­na­li­dad en la Agri­cul­tu­ra y el prin­ci­pal gre­mio de los agri­cul­to­res, Col­di­ret­ti, como apa­re­ció en el últi­mo repor­te de 2017.

Par­te del pro­ble­ma, ade­más del atra­so eco­nó­mi­co del sur, es que tam­bién la Ndran­ghe­ta ha empe­za­do a ver al nego­cio agrí­co­la como una bue­na inver­sión. “Les sir­ve para rein­ver­tir el dine­ro que ganan ile­gal­men­te y tam­bién para robar fon­dos de la Unión Euro­pea, lo que impli­ca un rie­sgo muy bajo de aca­bar en la cár­cel”, expli­ca una fuen­te judicial.El dato no es irre­le­van­te. Según un infor­me de la ONG Oxfam, Ita­lia –uno de los mayo­res pro­duc­to­res agrí­co­las de Euro­pa– reci­be sub­si­dios para man­te­ner bajos y com­pe­ti­ti­vos los pre­cios de cítri­cos, toma­tes, peras en con­ser­va, taba­co, vinos y lico­res. Con todo, algu­na ini­cia­ti­va judi­cial para fre­nar el fenó­me­no cri­mi­nal en Ita­lia fue lle­va­da ade­lan­te. En 2011, el orde­na­mien­to ita­lia­no reco­no­ció por pri­me­ra vez la exi­sten­cia de los capo­ra­li (capa­ta­ces) y en 2016 el enton­ces cen­troi­z­quier­di­sta gobier­no endu­re­ció las penas con­tra éstos. “Esta maña­na pusi­mos bajo arre­sto domi­ci­lia­rio a otro, un empre­sa­rio local. Y a otros los detu­vi­mos el año pasa­do. Es un pequeño paso ade­lan­te, logra­do gra­cias a esa ley”, cuen­ta el fiscal de la ciu­dad de Cosen­za, Mario Spa­gnuo­lo.

Los datos con­fir­man los avan­ces obte­ni­dos gra­cias a las nue­vas medi­das. Según el Cuer­po Nacio­nal de Inspec­to­res del Tra­ba­jo, desde la entra­da en vigor de la últi­ma ley hasta febre­ro pasa­do la poli­cía pudo iden­ti­fi­car a más de 5 mil víc­ti­mas de explo­ta­ción labo­ral –alre­de­dor de 400 de ellos, en el sec­tor de la agri­cul­tu­ra– y hubo 360 casos de empre­sa­rios que hacían uso de esta inju­sta prác­ti­ca. Y eso, aun­que “la ley sólo gol­pee el últi­mo esla­bón del siste­ma”, como insi­ste Vina­rel­lo. Pero la situa­ción podría inclu­so empeo­rar si, como han suge­ri­do Sal­vi­ni y Gian Mar­co Cen­ti­na­io, mini­stro de Agri­cul­tu­ra, el actual gobier­no deci­de eli­mi­nar la ley de 2016. “Esa ley debe ser cam­bia­da”, dijo Cen­ti­na­io el pasa­do junio. “En lugar de sim­pli­fi­car, com­pli­ca”, aña­dió Sal­vi­ni.

“Si eli­mi­nan la ley, tam­bién eli­mi­na­rán el efec­to de disua­sión de la explo­ta­ción labo­ral que ha pro­du­ci­do”, razo­na Nino Qua­ran­ta, cam­pe­si­no del con­sor­cio Macra­mé, un proyec­to que tra­ba­ja para inte­grar a los inmi­gran­tes en la agri­cul­tu­ra de una mane­ra legal y digna en la lla­nu­ra de Gio­ia Tau­ro y que es una de las expe­rien­cias de la Ita­lia que se resi­ste a las polí­ti­cas anti­in­mi­gran­tes del actual gobier­no. “Aquí me pagan unos 44 euros por seis horas de tra­ba­jo, como dice la ley, y en una situa­ción mucho menos ago­bian­te que la que vivía antes”, dice Pape, un sene­ga­lés de 21 años que hace un mes empe­zó a tra­ba­jar con Macra­mé. “Espe­ro poder jun­tar la suma que nece­si­to para irme del cam­pa­men­to y alqui­lar una casa, pues la situa­ción allí es ter­ri­ble”, aña­de. Pape se refie­re al segun­do cam­pa­men­to de San Fer­di­nan­do, una colec­ción impro­vi­sa­da de tien­das de cam­paña don­de no hay agua pota­ble, elec­tri­ci­dad ni ser­vi­cios y don­de hace ocho años explo­tó una de las más dra­má­ti­cas revuel­tas de jor­na­le­ros, deto­na­da por el ase­si­na­to a tiros de dos de ellos por el hijo de un capo de la ‘Ndran­ghe­ta y que aca­bó en enfren­ta­mien­tos entre la poli­cía y los inmi­gran­tes.

Pero no fue el úni­co inci­den­te. En junio pasa­do fue ase­si­na­do Sac­ko Sou­may­la, un sin­di­ca­li­sta malien­se de 29 años que había ido a buscar cha­tar­ra para las cho­zas de unos com­pañe­ros, lo que nue­va­men­te resul­tó en una rebe­lión. “La vida pue­de ser muy difí­cil por aquí”, dice Lami­ne, otro inmi­gran­te de 38 años que lle­gó a Ita­lia en 2012. Tam­bién en ago­sto fal­le­cie­ron unos die­ci­séis jor­na­le­ros que iban abar­ro­ta­dos en camio­nes con­du­ci­dos por capa­ta­ces; uno de los vehí­cu­los se vol­có y los inmi­gran­tes fue­ron deja­dos duran­te horas sin acce­so a un hospi­tal. Enton­ces inclu­so el mini­stro de Exte­rio­res, Enzo Moa­ve­ro, se dijo con­mo­vi­do y recor­dó la tra­ge­dia de Mar­ci­nel­le, Bél­gi­ca, en la que per­die­ron la vida 136 mine­ros ita­lia­nos a media­dos del siglo pasa­do.

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